El
maestro Hiram ha sido asesinado. El suceso ha alterado los afables días en el
templo del rey Salomón. El rey yace en su sitial llorando la pérdida de su
mejor arquitecto. El hermano Stolkin diambula triste y enmudecido entre
columnas tras hallar días atrás el cadáver del gran Hiram, bajo la acosadora
mirada de Zerbal, capitán de la guardia del rey Salomón. Adonhiram ha recibido
un encargo del propio rey para honrar la muerte del maestro en una ceremonia en
su memoria. Reflexiona apartado de los demás compañeros que trabajan en las
columnas, siente el dolor y la presión que subyace en el cuerpo ¿Cómo un
acto tan vil ha podido tambalear nuestro templo y ha podido cobrarse la vida
del maestro? -piensa para él. Observó en una arista del mosaico ajedrezado
restos teñidos de rojo en el fondo blanco de la piedra que todavía, vivamente,
señalaban el crimen del maestro. Hemos estado ciegos ante la oscuridad del hombre
que ha apagado la luz de nuestros trabajos y ante la maldad de los codiciosos que ha fracturado el alma de los hermanos. Tras un largo rato reflexionando sobre
las ideas que tendría que llevar a cabo en nueve días para rendir homenaje al
gran maestro, estando en la puerta del templo, vio a las mujeres pasar llevando en los cestos de mimbre pequeños ramilletes de acacia. Pensó en que el
diseño de la obra que tendría que realizar en los próximos días no sería
suficiente para colmar la virtud del maestro. El lamentable suceso no sólo se había
cobrado la vida de Hiram, sino que corrompió el espíritu virtuoso que se
respiraba en el templo de Salomón y abocó los corazones de aprendices y
compañeros a la desolación del dolor y a la decepción natural por las deplorables
acciones del hombre. El templo debía purificarse -reflexionó para sí. Tras ver
los ramilletes de acacia, observó detenidamente la robustez del color verde
cuya visión le inspiró una sensación de calma y serenidad. Bajo un rayo de Sol
que alumbraba su rostro, elevó sus sentidos como aquél que sube a la bóveda del
templo e imaginó los efectos que secundarían la obra iniciada. El color verde
yacería como una fachada indemne alrededor de las columnas del templo. La
perennidad de su profundidad sería el destello que nos abra los ojos y nos
acerque al orden natural de nuestros trabajos, recordándonos la tradición de lo
aprendido, el significado que ejercen nuestros actos, las cualidades del
hombre, la consciencia que adquiere el ser en la obra emprendida y los efectos
que mueven los fuertes vientos de las pasiones de nuestro corazón. ¿Puede la
perfección ser realidad cuando el cataclismo de la sinrazón ha nublado los ojos
de los iniciados manchando la conciencia? Es decir, ¿Lo perfecto es a lo
imperfecto? -se preguntó Adonhiram tratando de convencerse del apolíneo
significado del color verde. Si el hombre es piedra, tierra y roca en origen, las
grietas han sucumbido a la presión de lo ignominioso desquebrajando la
debilidad del edificio.
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